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lunes, 30 de julio de 2012
El dragón que se comió la luna
Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez
Hace mucho, mucho tiempo, el planeta en el que vivimos no estaba habitado por personas sino por otros seres muy distintos: los dragones.
Los había de todos los tamaños y de todos los colores. Algunos expulsaban fuego por la nariz y otros, más amables, echaban flores. Había dragones que comían ratones y otros que simplemente se alimentaban de hierba. Había dragones a los que les gustaba hacer piruetas al volar (los llamaban bailarines) y había otros que si volaban demasiado alto se mareaban (los llamaban torpes).
También había dragones caprichosos. El protagonista de esta historia era uno de ellos. Era verde, pequeño y revoltoso. Se llamaba Draguidurú y siempre se empeñaba en conseguir las cosas más absurdas e inútiles, para desgracia de su amigo Dragodoró, que siempre tenía que acompañarle en todas sus locuras.
- Quiero volar hasta el pico más alto.
- Quiero nadar en el lago más dulce.
- Quiero encontrar la piedra más brillante.
- Quiero plantar en mi jardín las flores más bellas.
Y por más que Dragodoró trataba de impedírselo, Draguidurú siempre conseguía lo que quería. Hasta que una noche al pequeño dragón verde le entró un hambre feroz.
- Dragodoró, ¿no te mueres de hambre?
- Un poco, ¿nos vamos a comer insectos al río?
- No quiero insectos, me apetece algo más suculento.
- ¿Y si nos llevamos algunos tomates del huerto de Dragadí?
- No quiero tomates, me apetece algo diferente.
- ¿Escarabajos peloteros? ¿Piñones? ¿Lombrices rebozadas en barro? ¿Higos dulces? ¿Amapolas bañadas en miel? ¿Abejorros con salsa de calabaza?
Pero todo lo que Dragodoró le proponía, era demasiado aburrido para Draguidurú, que se había cansado de comer siempre lo mismo.
- No lo entiendes, Dragodoró…¡quiero comer algo distinto! Quiero comer…
Y entonces la vio. Era blanca, brillante y muy apetitosa. Parecía un huevo de avestruz, pero mucho más redondo y perfecto. Draguidurú la señaló con el dedo y exclamó.
- Ahí está, ¡eso es lo que me quiero comer!
Draguidoró miró hacia donde su amigo señalaba y exclamó con sorpresa:
- ¿La luna? ¿Cómo vas a comerte la luna? ¡Te has vuelto loco!
Pero Draguidurú ya volaba en dirección al cielo, relamiéndose de gusto ante la idea de llevarse a la boca aquel apetitoso manjar. Poco le importaba a Draguidurú comerse la luna y dejar al resto de dragones sin ella. Total, ¿para qué servía la luna? Es cierto que iluminaba la noche, pero también podían hacerlo los dragones que expulsaban fuego.
Así que Draguidurú siguió volando y antes de que se diera cuenta estaba ante la luna. Era mucho más grande de lo que pensaba: tardaría días en devorarla. Pero como tenía un hambre feroz, el pequeño dragón verde comenzó a comer y a comer y a comer…
Estuvo catorce noches comiendo sin parar. Al principio nadie notaba nada, pero a medida que pasaba el tiempo, todos los dragones se dieron cuenta con terror de que la luna ¡estaba desapareciendo!
Cuando Draguidurú por fin se comió la luna entera, muy satisfecho, quiso contárselo a todo el mundo.
- ¡Ay qué ver lo sabrosa que estaba la luna! ¡Riquísima!
Y tanto presumió que la historia llegó a oídos del rey Sol.
- ¿Eres tú el dragón que se ha comido la luna?
Muy orgulloso, Draguidurú afirmó con la cabeza.
- ¿Querías haberla probado? Demasiado tarde, me la he comido entera.
Pero el rey Sol no quería comerse la luna. ¡Cómo iba a querer devorar a su compañera de trabajo! Sin ella, el rey Sol no tendría descanso y si el sol brillaba a todas horas, siempre sería de día. Al comerse a la luna, Draguidurú se había comido también la noche entera.
- ¿No te das cuenta de lo que has hecho? ¡Nos hemos quedado sin noche! Y todo por culpa de un dragón caprichoso…
Al darse cuenta, Draguidurú se sintió muy avergonzado y trató de disculparse. Pero el rey Sol no quería ninguna disculpa. Lo que quería era recuperar la luna. Así que llevó al dragón hasta la asamblea de estrellas.
(Imaginaros: ¡las estrellas sí que estaban enfadadas! Sin noche, ¿qué harían ellas?).
Después de discutir durante horas, la asamblea de estrellas obligó a Draguidurú a devolver la luna. Pero la luna era tan grande, que el pequeño dragón verde no pudo expulsarla toda de una vez. Tardó otros catorce días en ir sacando, pedazo a pedazo, la luna de su cuerpo.
Cuando terminó, la luna, redonda y blanca, brillaba en lo más alto del cielo. El pobre Draguidurú estaba agotado…
- Ahora que ya tenéis la luna de nuevo ¿puedo volver a mi casa? ¡Echo tanto de menos a mi amigo Dragodoró!
Pero la asamblea de estrellas no estaba dispuesta a dejarle volver a casa. Habían estado a punto de perder la noche y aquello no podía volver a suceder. Por eso la asamblea de estrellas condenó a Draguidurú a repetir su acto una y otra vez. Primero se comería la luna durante catorce días y cuando ya no quedara ni rastro de ella en el cielo, la iría expulsando día tras día durante otros catorce días.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Para siempre.
Y es por esto que la luna va cambiando noche tras noche.
Y es por eso también que si nos fijamos bien, las noches en que la luna va menguando podemos descubrir los mordiscos del pequeño dragón verde Draguidurú, condenado para siempre a comer y devolver la luna cada veintiocho noches.
sábado, 19 de mayo de 2012
Un día fantástico (capítulo 10 y final)
Cuando el último de los personajes hubo terminado su cuento, Olivia sonrió encantada. No solo había conseguido escuchar la voz de aquellos personajes imaginarios, también podía verlos perfectamente. ¿Significaba aquello que había recuperado su fantasía?
- Claro, Olivia – exclamó entusiasmada la Abuela Luci – y además, ya vuelves a tener el aspecto de siempre. ¡Mírate!
Olivia comprobó aliviada que su pelo había vuelto a ser rojo, que su piel era lisa y que ya no se encontraba cansada, sino llena de energía: ¡volvía a ser una niña de 7 años!
- ¿Y los libros? ¿Habrán recuperado sus letras?
- Pues no sé…prueba a leerlos tú…
Ahí estaban aquellas aes redondas, las eles espigadas, las bes barrigonas, las efes enrrevesadas…¡¡Ahí estaban las letras de nuevo!!
- Abuela, ¡lo hemos conseguido! Y todo gracias a vosotros – exclamó dirigiéndose a los personajes de cuentos que estaban sentados junto a ella y que ya podía ver perfectamente.
- ¿Qué personajes? – le cortó de repente la Abuela- Olivia, aquí no hay nadie más que tú y yo. Estos personajes no son reales, los has creado tú con tu fantasía.
- ¿Cómo? – preguntó contrariada Olivia- pero yo les veo, están aquí.
- No es cierto Olivia, están aquí – afirmó mientras se señalaba su cabeza.- Son todos producto de tu mente y de tu imaginación, y existirán siempre que tú lo desees…
- Entonces, ¿para eso sirve la fantasía? ¿Para crear seres que no existen?
- Ay Olivia, para eso y para mucho más. La fantasía es el elixir secreto contra el aburrimiento, es la clave para acabar con la tristeza, es la llave de los sueños, es lo que da belleza al amor. La fantasía llena de color el mundo. ¿Entiendes ahora por qué era tan importante recuperarla?
Olivia se quedó pensativa un momento. ¡Cómo había podido desprenderse de una cosa tan maravillosa!
- Ay Abuela…¡Muchas gracias! ¿Qué habría hecho yo sin ti?
- Pues aburrirte mucho toda tu vida, y ser una persona gris. Así que prométeme que de ahora en adelante cuidarás mucho más tu fantasía y no la perderás nunca.
- ¡Qué cosas tienes, Abuela! Nunca más le daré a ese duende maldito mi fantasía.
- Pero no se trata solo de eso, Olivia. La fantasía puede perderse de muchas maneras. Si no leemos nunca, si dejamos de creer en la magia y en que lo imposible puede volverse posible. Si nos hacemos mayores…
- Ay Abuela, pero ¡todo el mundo se hace mayor!
- Claro que sí, pero una cosa es que tu cuerpo se haga mayor y otra bien distinta que tu mente envejezca…¡eso es lo que hay que evitar a toda costa, querida mía! Y ahora vámonos de aquí, Olivia, que toda esta aventura me ha dejado muy cansada…
Olivia agarró con ternura la mano arrugada de la Abuela Luci y juntas salieron de la biblioteca. Afuera, en la ciudad, la primavera comenzaba a llenar de flores los árboles y el sol brillaba con fuerza.
- ¿Notas toda esa fantasía revoloteando alrededor nuestro, Olivia?
- Claro que sí, Abuela. Hace un día fantástico.
jueves, 17 de mayo de 2012
Olivia y los personajes invisibles (capítulo 9)
En la biblioteca no había casi nadie: Normal, ¿a quién se le iba a ocurrir pasar una soleada mañana de domingo en un lugar tan aburrido? pensó Olivia, que sin embargo, lejos de quejarse, siguió a la Abuela sin decir ni mu. Ya se había llevado suficientes regañinas desde que había empezado aquella aventura y no tenía ganas de soportar de nuevo una de aquellas terribles miradas de la Abuela.
Pero el silencio de Olivia contrastaba con la alegría de la Abuela Luci, que iba dando los buenos días en cada esquina, saludando con la mano y sonriendo encantada. Olivia la miró con ojos extrañados:
- Definitivamente, esta abuela mía no es muy normal que digamos – se dijo para sí misma.
Y aunque se había prometido no hacer más preguntas, fue tanta la curiosidad por saber con quién estaba hablando la Abuela que no tuvo otro remedio que interrumpirla:
- Pero ¿se puede saber a quien saludas? Si aquí no hay nadie.
La Abuela Luci la ignoró completamente y siguió hablando sola:
- ¿Has visto querido Lobo? Me pregunta que a quien saludo. Tenemos mucho trabajo que hacer con esta niña…
Y poco tiempo después añadió:
-¡Qué guapa estás hoy Cenicienta! Esos zapatos te sientan muy bien. Además, mucho mejor con cordones, que así no se te perderán la próxima vez.
No había duda: la Abuela se había vuelto majareta. ¿Estaba hablando con Cenicienta? ¿con un lobo? Olivia no entendía nada…
Por fin llegaron a una mesa grande y redonda que estaba al fondo de la biblioteca. Todas las sillas estaban vacías, así que Olivia se sentó en la primera que encontró.
- Nooooooooooooooo, ahí no te sientes, ¿no ves que está ocupada?
- Abuela, no hay nadie. Estás comportándote de manera muy extraña esta mañana. Hablas sola, no me escuchas, ves gente donde no hay nadie…
- Olivia, tú eres incapaz de ver nada, pero yo te digo que esa silla está ocupada. Precisamente la Bruja de Hansel y Gretel está ahí sentada y si yo fuera tú…¡no haría enfadar a una bruja!
Olivia quiso sentarte en la siguiente silla, pero la Abuela tampoco la dejó.
- Ahí está sentado uno de los músicos de Bremen, el gallo, para ser más exactos. Te recomiendo que no le irrites, su pico es muy potente.
Una a una, la Abuela le fue impidiendo sentarse en todas las sillas, ya que estaban ocupadas por todos los personajes de los cuentos clásicos: Peter Pan, el patito feo, Caperucita, Juan sin Miedo, Alicia, Cenicienta, Garbancito, el lobo, la bruja, Rapunzel, Ricitos de Oro y su amigo el Osito, etc.
La Abuela le señaló la última silla y ahí se sentó Olivia, entre Blancanieves y el más gruñón de los enanitos.
- Y ahora ¿qué hacemos?- preguntó contrariada Olivia, que seguía sin ver a ninguno de sus compañeros de mesa.
- Ahora vamos a leer, querida. La primera en hacerlo seré yo. Tienes que escuchar atentamente…
La Abuela, comenzó a contarle la historia de la Bella Durmiente con su voz áspera y profunda. Olivia conocía de sobra aquella cursi y aburrida historia de una princesa que había estado durmiendo durante años hasta que un príncipe había roto el conjuro dándole un beso. Sin embargo, tal y como lo leía la Abuela, aquel cuento parecía mucho más emocionante y divertido que nunca. Cuando terminó, la Abuela se dirigió a una de las sillas vacías y exclamó:
- Querida amiga, ahora es tu turno ¿qué historia vas a contarnos, tú?
Para sorpresa de Olivia, una voz dulce, muy diferente a la de la Abuela, comenzó a contar una nueva historia. Se trataba del cuento del patito feo y aunque Olivia no podía ver la cara de aquella princesa de cuento, sí podía escuchar, alto y claro, su voz narrando aquella historia.
- ¡Abuela! ¿Eres tú quien habla? ¿Cómo haces para cambiar de esa manera la voz?
- No me interrumpas, Olivia – exclamó de nuevo aquella voz.
- Claro Olivia, no interrumpas a la Bella Durmiente. Déjala que cuente su historia.
¿Era posible aquello? Si la Abuela no era quien hablaba entonces ¿era realmente la Bella Durmiente quien estaba contando aquel cuento?
- Pero, pero, pero…
- Deja de molestar y escucha este cuento – le aconsejó la Abuela.-. La Bella Durmiente parece muy tranquila, pero lo que menos le gusta en el mundo es que la interrumpan cuando está contando una buena historia…
Así que a Olivia no le quedó más remedio que seguir escuchando, de voz de la Bella Durmiente, el cuento del Patito feo.
sábado, 12 de mayo de 2012
En busca de la fantasía perdida (capítulo 8)
Olivia se sentó en la butaca donde hasta hace un rato dormía la abuela y trató de seguir la conversación que esta mantenía con el duende. Pero como era incapaz de verle, ni de oírle, pronto se aburrió y se quedó dormida.
Cuando se despertó, estaba metida en la cama y la Abuela canturreaba contenta en la cocina. Debía ser ya de día, porque entraba un poco de claridad a través de las rendijas de la persiana. ¿Qué habría pasado con el duende de las velas de cumpleaños?
En la cocina, la Abuela estaba preparando bocadillos de jamón y queso, que metía en una tartera con dibujos de mariquitas.
- ¡Estaba a punto de despertarte! Tenemos muchas cosas que hacer hoy…
- ¿Qué cosas?
- Tenemos que recuperar tu fantasía. Después de estar más de una hora hablando con el duende por fin encontramos la manera de conseguirlo. Pero no tenemos tiempo que perder…
- ¿Y dónde está el duende?
- Se marchó, tenía otros deseos que cumplir. Pero deja las preguntas para luego. Ahora arréglate que tenemos que irnos…
En menos de media hora, la Abuela Luci y Olivia ya estaban subidas de nuevo al destartalado coche verde. Era domingo y no había mucho tráfico, así que en un periquete llegaron a su destino: la biblioteca municipal.
- ¿Una biblioteca? Abuela, ¿no se te ha ocurrido un plan más aburrido para el domingo?
La Abuela Luci le echó una de sus miradas furibundas y haciendo caso omiso a su pregunta comenzó a explicarle el plan:
- Olivia, según nos dijo el duende, tu fantasía se la ha llevado otra persona, la ha usado, y se ha consumido para siempre. Así que, para conseguir que vuelvas a tenerla, que recuperes tu aspecto normal y que las letras vuelvan a tus libros, tenemos que hacer que te nazca una fantasía nueva…
- ¿Pero cómo vamos a conseguir eso?
- Pues leyendo…
- ¡Leyendo! ¡qué horror! Además yo ya no puedo leer, tal y como tú has dicho, las letras desaparecen cuando yo abro los libros…
- Pues para eso estoy aquí: seré yo quien lea los libros, pero tú escucharás atentamente.
Olivia puso una cara de sufrimiento horrible. ¿De verdad tenían que hacer eso? ¡Pues anda que no había que hacer esfuerzos para recuperar la fantasía! La Abuela Luci, al verla refunfuñar sacó de su bolso un pequeño espejo de plata y se lo dio a Olivia.
- Mírate en el espejo: ¿quieres volver a tener este aspecto o prefieres ser la niña de siete años más vieja del mundo? No, ¿verdad? Pues entonces deja de lloriquear y vamos a ponernos “manos a los libros”.
Una vez más, la Abuela Luci tenía razón. Olivia no quería tener aquel pelo blanco, ni aquellas arrugas: quería ser una niña normal, y para eso necesitaba su fantasía. Así que no le quedó otro remedio que seguir a la Abuela al interior de la biblioteca.
martes, 24 de abril de 2012
¿Qué has hecho con la fantasía? (capítulo 7)
Olivia se abalanzó hacia la cama lo más rápido que pudo, pero no le dio tiempo a meterse en ella antes de que el duende se diera cuenta de que en esa cama no había nadie.
- Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah, ¿dónde se ha ido esta niña? – gritó sorprendido el duende.
Al darse la vuelta se encontró con Olivia, que por más que lo intentaba no conseguía ver ni oír al duende, y con la Abuela, que le miraba con cara de pocos amigos.
- Eh, esto… ¿qué está pasando aquí?
Rápidamente la Abuela se abalanzó hacia él y le agarró de los hombros.
- Eso mismo nos gustaría saber a nosotras. ¡Robaste la fantasía de Olivia y queremos que nos la devuelvas!
- Sí, eso digo yo: no sé dónde estás ni como eres, pero quiero mi fantasía de vuelta – gritó Olivia sin saber muy bien hacia donde dirigirse.
- Peeeeeeeeeeeero…si yo no he robado nada: ella me la dio voluntariamente. Solo hice mi trabajo: ¡Suéltame!
- No, hasta que nos digas dónde está la fantasía de Olivia.
El duende puso cara de fastidio y se rascó la nariz preocupado.
- Tenéis que creerme: yo ya no tengo su fantasía.
- ¿Y quién la tiene entonces?
- Pues…bueno…lo cierto es que yo…
- ¿Qué has hecho con ella?
- La vendí – exclamó avergonzado el duende –. La verdad, no era una fantasía muy interesante que se diga, se nota que era una fantasía de persona poco leída…pero me la compró un escritor desesperado.
La Abuela puso los ojos en blanco y su cara se volvió más y más roja. Olivia se dio cuenta de que estaba realmente enfadada y por un momento temió por la vida del duende.
- ¡Maldito duende! ¿Quién era ese escritor al que se la vendiste?
- Pues, pues – el duende tenía tanto miedo que le castañeaban los dientes – no lo sé. ¡Todos los escritores me parecen iguales! Son gafotas, ensimismados, raritos y exagerados. Además, seguro ese escritor ya la ha gastado toda y si es así ya no puede hacerse nada…
- ¿¿¡Cómo!?? ¿Quieres decir que es IMPOSIBLE recuperar la fantasía de mi nieta?
- La fantasía que me llevé sí, porque al utilizarla, se agota. Pero hay una forma de conseguir una fantasía nueva…
- ¡No te atreverás a decir que robándosela a otro niño?
- No, claro que no. Además, te recuerdo que yo no robé nada: Olivia me la dio voluntariamente.
- Entonces, ¿cómo la vamos a conseguir?
El duende carraspeó haciéndose el interesante.
- Si quieres saberlo tendrás que soltarme primero.
- Ya, para que desaparezcas de nuevo…
- Tendrás que confíar en mí, porque no pienso hablar hasta que me sueltes.
La Abuela se quedó pensativa durante un rato y finalmente accedió a soltar al duende, que lanzó un profundo suspiro cuando se vio libre al fin.
- Vale, tal y como yo lo veo, lo que tenemos que hacer para que Olivia recupere su fantasía es…
domingo, 15 de abril de 2012
Ruidos en la noche (capítulo 6)
Olivia escuchó un ruido en medio de la noche que la despertó sobresaltada. Por un momento se sintió desorientada: aquella cama tan grande, las mantas con ese olor pegajoso a naftalina y esos extraños ruidos…
Pronto recordó todo. Estaba en la habitación de la abuela y tenían un plan para atrapar al duende de las velas de cumpleaños que le había robado la fantasía. Antes de acostarse, la Abuela Luci le había explicado cómo harían para desenmascararlo y obligarle a devolverle a Olivia su fantasía:
- Tú te irás a dormir como siempre, y yo me quedaré en la habitación esperando a que llegue. Cuando intente despertarte, yo iré por detrás y le agarraré. Hay que procurar que no se apague la vela de su gorro, porque si no desaparecerá.
- ¿Y no puedo quedarme contigo despierta esperándole?
- No, tienes que estar dormida para que el duende venga, si no…¡lo mismo adivina que le hemos tendido una trampa!
- Pero ¿y si te quedas dormida tú?
- ¿Yo? Olivia, pero si las abuelas casi no necesitan dormir, se pasan horas y horas despiertas. ¿Tú me has visto alguna vez quedarme dormida?
Olivia pensó en las veces que la Abuela Luci venía a visitarlos y se sentaba a ver las noticias en el salón. De vez en cuando cerraba los ojos y cuando tratabas de despertarla, contestaba siempre de la misma manera.
- No estaba dormida, es que con los ojos cerrados oigo mejor…
Olivia no estaba segura de que aquello fuera verdad, pero ya había aprendido que era mejor no contradecir a la Abuela Luci, ¡menudo genio se gastaba cuando se enfadaba! Así que se puso el pijama y se fue a la cama tal y como habían planeado. Pero Olivia estaba nerviosa por atrapar al duende, ¿cómo iba a ser capaz de dormirse cuando estaban a punto de capturar a ese bribón? Sin embargo, no llevaba ni diez minutos en la cama, cuando sus ojos se fueron cerrando lentamente.
No sabía cuánto tiempo llevaba durmiendo cuando aquel extraño ruido la despertó. ¿Sería el duende? La niña miró a su alrededor pero no se veía nada. Todo estaba tan negro, que por un momento, Olivia dudó si tenía o no los ojos abiertos.
- ¿Abuela? – preguntó casi en un susurró – ¿Sigues ahí?
Pero nadie contestó. Olivia escuchó atentamente y pronto comprendió lo que había pasado.
- ¡Abuela! ¡Te has quedado dormida! – gritó con fuerza.
- Eh…esto… ¿yo? No, no, qué va…estaba disimulando, por si venía el duende.
- Pero Abuela, ¡¡si hasta estabas roncando!! Me has despertado y todo…
- Anda, no digas tonterías. Si yo no me duermo nunca…y menos teniendo esta importantísima misión.
- Ya, claro…
A Olivia, no le dio tiempo a decir nada más. De repente una luz suave y cálida iluminó la habitación.
- Es el duende, Abuela, ¡seguro!
- Sí, creo que sí. Todos a sus puestos. El espectáculo está a punto de empezar…
sábado, 7 de abril de 2012
La fiesta de cumpleaños más extraña del mundo (capítulo 5)
Olivia escuchó asombrada el plan que la Abuela había ideado para atrapar al Duende de las velas de cumpleaños que se había llevado su fantasía.
- Si aparece siempre cuando un niño pide un deseo… entonces tenemos que celebrar un cumpleaños esta misma tarde.
-¿Pero qué cumpleaños? El mío ya pasó y el tuyo…
Olivia se calló de repente. No tenía ni idea de cuándo era el cumpleaños de su abuela. Tímidamente alzó la vista con vergüenza y antes de formular la pregunta, la Abuela le respondió con naturalidad.
- El 29 de febrero. Un día que solo llega cada cuatro años. ¿Por qué te crees que me conservo tan bien? Solo cumplo años cuando es bisiesto…
La niña miró a su Abuela intrigada. ¿Sería verdad lo que decía? La anciana hablaba siempre con aquel tono tan enigmático que era difícil saber cuando hablaba en serio y cuando en broma…
- Pero esto de las fechas da igual. Vamos a “inventar” un cumpleaños, no tiene por qué ser cierto, nos vale con que lo parezca.
Así que la Abuela Luci y Olivia comenzaron a hacer una suculenta tarta de chocolate. Cuando estuvo acabada, la Abuela comenzó a buscar velas en un mueble viejísimo, de madera oscura y algo cochambrosa que parecía a punto de convertirse en polvo. Abrió uno de los cajones y comenzó a sacar una montaña de objetos: cucharillas de plata oxidadas, sobres de azúcar, servilletas arrugadas, un bloc de notas de hojas amarillas, corchos de botellas, llaves que parecían no haber abierto jamás una puerta, calendarios antiguos con gatos en la portada, caramelos de limón, recetas recortadas de alguna revista…
- Pero Abuela… ¿cómo vas a encontrar algo aquí? ¡Menudo desastre!
- Calla niña, no me desconcentres, estoy a punto de conseguirlo.
Y al poco rato, emitió un chillido de satisfacción.
- ¡Aquí está!
Se trataba de una bolsa pequeñita donde había un grupo de velas de colores, bastante consumidas. Las sacaron de la bolsa y las contaron. Había doce. Cogieron unas cuantas y las pusieron en la tarta de chocolate y fueron al salón. De uno de los cajones de la mesa, la Abuela Luci sacó un mantel blanco con bordados amarillos. Puso platos y vasos y se dispuso a encender las velas.
- ¡Un momento! – gritó de repente Olivia – ¿Sólo vamos a ser tú y yo? Vaya birria de cumpleaños, eso no se lo va a creer nadie.
- ¿Y a quién quieres qué invitemos?
- Pues no sé… pero un cumpleaños con dos personas… ¡Menudo rollo!
- Mmmm tal vez tengas razón… déjame que piense…
La Abuela Luci salió disparada hacia la habitación. Volvió con tres marionetas de rizos repipis y estridentes colores a los que puso gorros de papel.
- Son Abe, Ceda y Rio, teníamos un espectáculo en el circo con ellos…pero eso es otra historia. ¿Son suficientes invitados o ponemos también a los gatos?
Y antes de que Olivia contestara, la Abuela Luci, agarró a Rito y Rita, que maullaron enérgicamente. De nada les sirvió sacar las uñas y tratar de aferrarse al tapizado del sofá, porque la Abuela era más fuerte y tiró de ellos hasta que consiguió sentarlos a la mesa. Eso sí, poniéndoles antes un ridículo collar de flores que les daba un aspecto de lo más cómico.
Olivia pensó que jamás había visto una fiesta de cumpleaños tan extraña. Alrededor de aquella mesa había una tarta de chocolate, siete platos, de los que solo se usarían dos, tres marionetas con gorros de papel, una abuela de lo más estrafalaria, dos gatos con collares de flores y ella, una niña sin imaginación…
- Ahora sopla las velas, Olivia.
- ¿Y pido un deseo?
- Claro, aunque como se trata de un cumpleaños falso no creo que se cumpla. Pero tenemos que conseguir que el duende venga esta noche.
- ¿Y qué pido?
- Pues que va a ser Olivia… tu fantasía…
Ante la atenta mirada de la Abuela Luci, de Rita y Rito y de los ojos sin vida de Abe, Ceda y Rio, la niña apagó de un tirón las gastadas velas de la tarta de chocolate.
- Muy bien, Olivia, ahora solo nos queda esperar a la noche. Seguro que ese malvado duende viene. Seguro que lo atrapamos. Ya verás…
viernes, 6 de abril de 2012
No hagas enfadar a la abuela Luci (capítulo 4)
Olivia y la Abuela Luci comprendieron que si querían encontrar al duende de las velas de cumpleaños debían ser discretas y no contar nada a nadie.
- Tenemos que deshacernos de tus padres – afirmó la Abuela Luci frotándose las manos pensativamente.
Convencer a Papá de que las dejara pasar el fin de semana juntas no fue sencillo. Conocía bien a su madre y sabía que era muy independiente y que nunca había prestado demasiada atención a sus nietos.
- ¿Por qué de repente este interés? Te conozco y sé que estás tramando algo.
- Hijo mío, no seas desconfiado. Simplemente me he dado cuenta de que Olivia es casi una mujercita y me apetece pasar tiempo con ella.
Con estos argumentos ambas consiguieron que finalmente Mamá y Papá aceptaran que Olivia pasara el fin de semana con la Abuela Luci.
- ¡Qué emoción! Todo el fin de semana fuera de casa– exclamó Olivia cuando estuvieron en la calle – ¿Vamos a tu casa en autobús?
- ¿En autobús? – preguntó la Abuela extrañada – Pero si tengo el coche ahí mismo…
- No sabía que conducías, Abuela. Nunca me habías enseñado tu coche.
– Nunca me lo habías pedido, querida. Mira, es ese.
Señaló con el dedo un destartalado coche verde aparcado en la acera de frente. Olivia sonrió complacida y se sentó con alegría junto a su Abuela. Dentro olía a polvo y a humedad. Era el automóvil más viejo que había visto nunca. Debía tener un millón de años y no paraba de hacer ruidos extraños, como si le costara dar cada acelerón, como si le doliera en el alma cada frenazo que la Abuela Luci, que conducía como una loca, le obligaba a dar.
- Abuela ¿crees que recuperaremos mi fantasía?
– Por supuesto, si tu Abuela Luci se propone algo no dudes que… – y antes de terminar la frase ya estaba pitando con furia a un pobre peatón que trataba de cruzar el paso de cebra.
Veinte minutos después llegaron a casa de la Abuela. Rito y Rita, sus gatos siameses se abalanzaron melosos hacia su dueña cuando esta abrió la puerta.
- Pequeños, no puedo acariciaros ahora. Olivia ha perdido su fantasía y tenemos que hacer algo para recuperarla.
Los gatos parecieron entender a su dueña y se alejaron con elegancia hacia el sofá.
- Olivia, antes de nada voy a preparar un chocolate para las dos. Para pensar es necesario comer.
Al rato, la Abuela Luci trajo dos enormes tazas con el chocolate más sabroso y espeso que Olivia había bebido nunca. Se quitó las zapatillas y se acurrucó en el sofá junto a Rito y Rita. Se encontraba tan a gusto ahí que llegó a pensar que el encuentro con el duende de las velas de cumpleaños nunca había tenido lugar.
- Ay Abuela, estoy pensando que a lo mejor no es tan grave eso de quedarme sin fantasía. Estoy muy bien sin ella, no la echo en falta.
Al escucharla, la Abuela Luci pegó tal grito que Rita y Rito huyeron asustados hasta la cocina. Su expresión se había vuelta dura y su mirada de hielo. Olivia se arrepintió al instante de haber hablado.
- ¿Qué has dicho? ¿QUÉ-NO-ES-TAN-GRAVE-QUEDARSE-SIN-FANTASÍA?
– No, no, no abuela, no quería decir eso…
– Mejor, porque como vuelva a oír que la fantasía no sirve para nada…¡me voy y te quedas sin abuela!
Los gatos, asustados ante el tono de su dueña salieron pitando hacia la cocina y Olivia quiso salir corriendo con ellos para escapar de la regañina de la Abuela.
- Lo siento. Prometo que no volveré a decirlo.
– Ni a pensarlo…
– Ni a pensarlo, Abuela, pero no me dejes sola con este lío…
El rostro de la Abuela Luci se relajó y soltó una carcajada.
- Así está mucho mejor. Ahora déjame que te cuente lo que se me ha ocurrido para volver a encontrarnos con ese duende granuja…
miércoles, 4 de abril de 2012
La abuela Luci (capítulo 3)
- ¿Pero a dónde se han ido las letras? – preguntó asustada Olivia al comprobar que todos los libros de la habitación estaban vacíos.
Sin saber muy bien qué hacer, Olivia comenzó a buscar las letras perdidas por la habitación. Abrió todos los cajones, miró en el armario y por último se agachó por el suelo y buscó debajo de la cama.
En eso estaba cuando la puerta de la habitación se abrió y apareció la abuela Luci. A Olivia la abuela Luci siempre le había parecido un poco rara. No era como el resto de las abuelas. Siempre llevaba pantalones y camisas de rayas, las uñas de las manos pintadas de rojo y el pelo blanco y muy brillante cortado a media melena. Tenía una voz muy grave y seria, que metía un poco de miedo, eso, a pesar de que, según Papá, antes de casarse había trabajado como payaso en un circo y se había recorrido toda Europa.
- ¿Se puede saber qué haces ahí?
Al escuchar el vozarrón de la abuela Luci, Olivia salió de la cama, pensando qué excusa iba a inventarse para explicarle por qué estaba bajo la cama. Pero no tuvo tiempo. En cuanto la abuela vio el rostro de Olivia dio un respingo y gritó asustada.
- Pero, ¿qué demonios te ha pasado? Estás más vieja que yo…
Olivia comprendió que al contrario que Mamá, la abuela Luci podía observarla tal y como ella se veía: envejecida. Por eso no le quedó más remedio que contarle todo lo que había pasado desde que soplara las velas de cumpleaños.
- Pero, ¿cómo has podido regalar así como así tu fantasía? Es lo más importante que tenemos. La fantasía nos hace volar, reír, disfrutar de la vida, conocer a gente increíble y lo más importante: la fantasía nos hace jóvenes.
- Entonces…¿al regalar mi fantasía me he hecho mayor? – preguntó disgustada Olivia.
- Claro que sí y encima has dejado a los libros sin letras – y llevándose las manos a la cabeza, exclamó muy enfadada – Olivia, ¿cómo has podido hacer algo tan horrible? ¿qué será de ellos ahora?
La pequeña Olivia a punto estuvo de echarse a llorar. ¡Menuda manera de estropearlo todo! Con las ganas que tenía ella de cumplir 7 años y ahora…La abuela Luci, al ver la cara de tristeza de su nieta, se compadeció de ella y la abrazó fuerte.
- No te preocupes, querida. Recuperaremos tu fantasía y devolveremos a los libros sus letras, pero antes hay que encontrar al duende de las velas de cumpleaños.
- Pero abuela, ¿de verdad crees que existe un duende que va cumpliendo los deseos de los niños? ¡vaya tontería!
- Olivia, eso lo dices porque has perdido la fantasía y las ganas de creer en lo imposible. Claro que existe el duende, si no, ¿cómo explicas tu estado o que todos tus libros se hayan quedado sin letras?
Por mucho que le costara imaginarlo, Olivia tuvo que reconocer que la abuela Luci tenía razón. Pero aquello de encontrar al duende no iba a ser tarea fácil: ¿cómo encontrar a un ser en el que apenas creía?
lunes, 2 de abril de 2012
¿Qué me ha pasado? (capítulo2)
Cuando Olivia se despertó la mañana después de su cumpleaños se sintió terriblemente cansada. Le dolía la espalda, las rodillas, el cuello y hasta las manos. Nunca le habían dolido las manos. Las miró asustadas y descubrió con terror que sus dedos estaban hinchados y la piel era arrugada y áspera como la de la abuela. Olivia se miró la punta de su melena que se había vuelto plateada y no pudo evitar gritar horrorizada.
Al escuchar aquel chillido, Mamá asomó su cabeza por la puerta.
- Olivia, ¿estás bien?
- Nooooooooooo. Soy mayor ¡Me he convertido en una vieja!
Mamá miró a la niña con sorpresa:
- ¡Qué bobadas estás diciendo, Olivia! Que has cumplido siete años, no setenta…
- Pero mírame: tengo la piel arrugada, el pelo gris, soy una abuela…
- Olivia, estás como siempre: has debido tener una pesadilla – y ante la cara incrédula de su hija, Mamá le acercó un espejo.
Mamá tenía razón. La misma Olivia de siempre seguía al otro lado del espejo, con su pelo rojizo, su ojos despiertos y su piel suave y rosada. Sin embargo, al observarse a sí misma, Olivia seguía viendo su cuerpo deformado y viejo y se sentía tan cansada como si hubiera vivido cien años. ¿Qué estaba pasando?
- ¿Ves como todo está bien, cariño? Solo ha sido un mal sueño…
Olivia recordó entonces al duende de las velas de cumpleaños. ¿Habría sido eso también un sueño o tendría que ver con su estado actual? Estuvo tentada de contárselo a Mamá pero supo que no la creería nunca. Los mayores nunca creían esas cosas. Pero ¿y ella?, ¿creía de verdad en el duende de las velas de cumpleaños?
“¡Qué bobada! Ha debido ser un sueño, como dice Mamá, y lo de las arrugas…es que todavía estoy un poco dormida…”
Pero como no estaba muy convencida, decidió hacer una pequeña comprobación cuando Mamá se hubiera ido de la habitación.
- Si es verdad lo que me dijo el duende, no debería poder leer todos estos cuentos.
Olivia cogió uno de los libros de la estantería. Se trataba de un pequeño libro de tapas rojas que tía María le había regalado las pasadas Navidades y que, por supuesto, no se había leído. Lo abrió y contempló las ilustraciones pero junto a ellas no había letras: las páginas estaban vacías. Alarmada, fue abriendo uno a uno todos los libros de la habitación.
No contenían nada. Las letras habían desaparecido
sábado, 31 de marzo de 2012
Un deseo decumpleaños (capítulo 1)
Olivia perdió la Fantasía precisamente el día de su cumpleaños. En casa habían organizado una gran fiesta y Papá había hecho una suculenta tarta de chocolate donde había colocado siete velas. Después de encenderlas con cuidado, Mamá cogió su cámara y comenzó a hacer fotos, con la esperanza de captar el momento exacto en que Olivia apagara toda las velas.
- Pide un deseo antes de soplar, Olivia – gritaron a coro todos sus amigos.
Olivia trató de pensar un deseo: Comer todo el chocolate del mundo. Poder ver la televisión cuando quiera. Acostarse tarde. No tener que ir al colegio tan temprano. Ser tan alta como la prima Mariona, que con su misma edad le saca casi una cabeza. Tener un perro. Que mamá no se enfade cuando no quiere comerse la fruta. Una bicicleta sin ruedines. Que a papá no le moleste que haga ruido cuando quiere escuchar las noticias…
¿Un solo deseo? Imposible decidirse.
- Venga Olivia, ¡qué se van a consumir las velas!
- Claro, no le des más vueltas, pide lo primero que se te pase por la cabeza.
Olivia miró a su alrededor con la esperanza de encontrar el deseo perfecto. Pero lo que vio fue una pila de libros que había recibido como regalo. ¡Qué manía tenía la gente con regalar libros! Con lo poco que le gustaba a ella leer…
- Ojalá no tuviera que leer más – pensó de repente y sopló con fuerza las siete velas.
Por la noche, acabada la fiesta, Olivia se metió en la cama. Estaba tan cansada que no tardó mucho en dormirse profundamente y así hubiera seguido hasta la mañana siguiente si no llega a sentir como alguien le tiraba del pelo.
- ¡¡Ay!! ¡Qué daño! ¿Quién me tira del pelo?
- Soy yo, el duende de las velas de cumpleaños. ¡No había manera de despertarte! – exclamó con voz chillona un pequeño ser vestido de verde con un extraño gorro puntiagudo que terminaba en una vela encendida.
- ¿Y qué haces aquí?
- Asegurarme de que tu deseo de cumpleaños se hace realidad. Veamos, tengo apuntado que lo que quieres es no leer más. ¿Estás segura?
- Claro que sí, leer es aburridísimo. Una pérdida de tiempo. Prefiero jugar, ver la tele, salir al parque…
- Está bien. No leerás más. Pero a cambio tendré que llevarme tu Fantasía.
- ¿Mi Fantasía? ¿Para qué la quieres?
- ¿Para qué la quieres tú? Si no vas a leer nunca más, no la necesitarás, así que me la llevo.
Olivia se quedó pensativa durante un momento. No es que usara la fantasía a menudo, pero era suya y dársela a aquel extraño personaje significaba perderla para siempre.
- Bueno, qué ¿te decides? – gruñó malhumorado e impaciente el duende de las velas de cumpleaños.
Abrumada por las prisas, Olivia no se lo pensó dos veces y aceptó el trato:
- Sí, llévatela. Total, tampoco es que la use para nada importante…
Al decir eso, el duende de las velas de cumpleaños se quitó el sombrero y sopló la llama de su gorro puntiagudo. Al hacerlo, la luz de la vela y el propio duende desaparecieron sin dejar rastro.
Y fue así, de esta forma tan absurda, como perdió la pequeña Olivia su Fantasía…
¿Os ha gustado? ¿queréis saber cómo continúa? Mañana lo sabréis.
¡besitos voladores!
viernes, 16 de marzo de 2012
El encanto de los pueblos
Era lunes, pero Bruno no paraba de pensar en el viernes. ¡Aquel iba a ser un fin de semana genial! Todo había empezado el día que Sergio le invitó a irse con su familia aquel fin de semana de marzo.
- Iremos a la playa si hace buen tiempo. ¡Lo pasaremos genial! – le había dicho Sergio.
Y aunque a Mamá la idea no le había gustado mucho al principio, Bruno había insistido tanto que finalmente le habían dejado irse con ellos. ¡Lo iban a pasar tan bien! Bruno no paraba de hacer planes y de soñar con aquel viaje. Sin embargo, el jueves por la mañana, Sergio llegó a casa con una cara tristísima.
- Mi padre se ha puesto malo y ha dicho que de la playa nada de nada. ¡Viaje cancelado!
Bruno se llevó tal desilusión, que Mamá decidió prepararle una sorpresa:
- Bruno, este fin de semana visitaremos a los abuelos. ¡Nos vamos al pueblo!
¿El pueblo? Bruno no podía imaginarse un plan más aburrido.
- ¡Qué rollo! – había refunfuñado Bruno al subirse al coche - ¿qué vamos a hacer todo el fin de semana en el campo? Si no hay cines, ni tiendas, ¡espero que al menos tengan tele!
Y así, con el ceño fruncido había llegado a la pueblo. Y así, con el ceño fruncido, había saludado a los abuelos. Y con el ceño fruncido también se había sentado a cenar con su familia. Su malhumor le había robado el apetito, así que apenas cenó.
- Si no vas a comer ninguna croqueta, sube a tu cuarto y ordena todas las cosas.
En la habitación, Bruno descubrió que había una tele pequeñita.
- Una tele en mi propio cuarto…¡uoooh! Quizá la cosa pueda mejorar un poco.
Pero al tratar de encenderla, Bruno había comprobado con fastidio que no funcionaba. Al escuchar sus quejas, el abuelo subió a ver qué pasaba.
- La tele..ufff, Bruno, por mucho que intentes encenderla, no lo vas a conseguir: lleva años sin funcionar.
- Ah, pues vaya, pero al menos habrá una tele en algún otro lugar de la casa, ¿no?
- Sí, claro que hay una tele, ¡A ver si te crees que en el pueblo vivimos en otro planeta!
- Uf, menos mal… - respiró aliviado Bruno.
- Pero…
Bruno volvió a fruncir el ceño: aquellos peros de los mayores no le gustaban nada, siempre que los escuchaba sabía que algo malo estaba a punto de salir de la boca de los adultos…
- Pero se ha estropeado el aparato de TDT y hasta el lunes no podremos ir a comprar otro…
¿Todo el fin de semana sin televisión? Aquel viaje parecía más una pesadilla que un regalo. Al ver su cara de abatimiento, el abuelo trató de consolarle:
- Bruno, anima esa cara. Tampoco es un drama… ¡anda que no podemos hacer cosas aquí!
Bruno le miró con escepticismo, ¿cosas que hacer en aquel rincón perdido del campo? Los mayores no tenían ni idea de lo que era divertirse…
- Esta noche habíamos pensado en dar un paseo por los alrededores. No hace mucho frío y como hay luna nueva se verán un montón de estrellas…
- Estrellas, estrellas…¡yo lo que quiero es ver la tele, no las estrellas! – refunfuñó Bruno una vez más – para eso prefiero quedarme en casa.
- Como quieras, pero…
Ahí estaba un nuevo “pero”. Bruno se preparó para que otra mala noticia saliera de la boca de su abuelo.
- Pero ten cuidado, que esta casa es muy muy antigua y no la conoces mucho. A veces…
- A veces ¿qué? Abuelo, ¿estás tratando de asustarme?
- No, qué va, solo te digo que es tan antigua que se queja: las maderas crujen, el viento silba por los agujeros de las ventanas…
- Abuelo…¡no vas a conseguir asustarme! Pero si ya soy mayor…
- Yo solo te aviso…para que no los confundas con fantasmas o algo así…
Lo que faltaba, pensó Bruno para sí: una casa con fantasmas, eso sí que era el colmo. Bruno pensó por un momento que quedarse solo en aquella casa no era tan buena idea, pero no quería parecer un cobarde delante del abuelo.
- ¿Fantasmas? Abuelo…si los fantasmas no existen…¡Qué bobada!
Pero lo cierto es que cuando todos se fueron y Bruno se quedó solo, comenzó a escuchar un sinfín de ruidos: chasquidos, silbidos, maullidos…
- Que no cunda el pánico…son ruidos porque la casa es vieja, tal y como decía el abuelo… - exclamó en voz alta para intentar tranquilizarse.
Sin embargo, cuando ya comenzaba a acostumbrarse a todos aquellos sonidos, escuchó un extraño quejido. Parecía el lamento de una persona, un llanto fuerte, un grito de dolor. ¿De dónde procedía aquel berrido terrible?
- Tiene que ser mi imaginación – pensó al momento, aunque en realidad aquel sonido bien podía ser de algún alma en pena que vagara por el pequeño pueblo.
Para colmo de males, a todos aquellos misteriosos ruidos de la casa, se le sumó otro más. Pero en esta ocasión el sonido no venía de fuera, sino del propio Bruno: eran sus tripas que rugían de hambre.
- ¡Aaaaaay! Ojalá me hubiera comido las maravillosas croquetas de la abuela …¡qué hambre!
Y a pesar del miedo, Bruno decidió bajar a la cocina a comer algo. Pero allí, en vez de comida, Bruno estaba a punto de descubrir una nueva sorpresa.
- ¿Ahora tampoco hay luz? ¿Cómo es posible esto?
Bruno se resignó a buscar a tientas el camino de vuelta a su dormitorio y a meterse inmediatamente en la cama. Quizá si trataba de dormirse olvidaría los ruidos fantasmales y el gusano de su tripa vacía. Sin embargo, cuando estaba subiendo las escaleras, Bruno escuchó voces:
- ¿Ese que habla no es el abuelo?
Efectivamente, aquella voz era la del abuelo y provenía, sin duda, de los establos. Bruno cambió la dirección de sus pasos y se dirigió a las cuadras. Las voces eran cada vez más claras. También los berridos terribles que tanto le habían asustado. Bruno tomó aire antes de empujar la puerta del establo. Lo que allí se encontró…¡no se parecía nada a un fantasma!
- Bruno, ¡qué bien que hayas venido! Estábamos a punto de ir a buscarte, pero ninguno nos queríamos perder este momento – exclamó emocionado el abuelo - Cándida, nuestra vaca, está a punto de traer al mundo un ternero.
Así que aquellos gritos no eran de ningún fantasma, sino de la pobre vaca Cándida, que se había puesto de parto en plena noche. Después de una hora de lamentos, el pequeño ternero nació. Era tan pequeño y delicado que todos tenían ganas de tocarlo y abrazarlo, pero el abuelo les detuvo. Solo su madre debía ocuparse del ternero por el momento.
- Dejémosle solos que disfruten el uno del otro después de tanto esfuerzo. Y nosotros…¡a dormir!
Bruno miró el reloj asombrado…¡era tardísimo! Con tanto ajetreo la noche se les había pasado volando. Quizá después de todo – se dijo Bruno cuando se metió en la cama, después de haber llenado la barriga con unas riquísimas croquetas de la abuela – el pueblo fuera un sitio tan divertido como la playa.
O más…
miércoles, 14 de marzo de 2012
La pequeña oruga glotona
Hoy teníamos una invitación de Rosa, una de las responsables de la Biblioteca del Cole, para asistir a una estupenda animación a la lectura con taller de manualidades incluido.
Hemos seguido el rastro del hilo de seda que había por la escalera y nos ha llevado a un mágico lugar... la Biblioteca.
Después de lo bien que lo pasamos cuando fuimos a la animación de Muerde la manzana, el listón estaba muy alto, pero la actividad de hoy ha sido tan genial como la anterior.
Nos ha contado el cuento de "La pequeña oruga glotona" de Eric Carle", ya lo conocíamos por Mercedes, pero ella nos lo había contado en inglés (The very hungry caterpillar).
Primero lo hemos visto en el proyector, como si estuviéramos en el cine, y luego hemos podido ver el libro, que es precioso, con todos esos dibujos que parece que se levanten para saludarnos y decirnos
- ¡Hola!, ¿me quieres leer?
Y para acabar, hemos hecho a nuestra pequeña oruga glotona que mañana mismo nos llevaremos a casa, pero llevad cuidad con ella, que se come todo lo que pilla, empieza con una manzana, dos peras, tres ciruelas, cuatro fresas, cinco naranjas, ... y no para hasta que nos deja el frigorífico tiritando.
Aquí os pongo un vídeo del cuento para que recordéis la historia, aunque Rosa lo hace muchísimo mejor.
¡Besitos voladores!
sábado, 18 de febrero de 2012
El desván de la abuela
El desván de la abuela
La primera vez que Celia subió al desván de la abuela era carnaval. Habían ido al pueblo justo aquel fin de semana, y Celia estaba enfadada porque, por culpa de aquel viaje, se había perdido la fiesta del cole.
Por eso, se pasó enfurruñada toda la tarde de viernes y parte del sábado. Menos mal, que a la hora de la comida llegaron los tíos con su prima Teresa, que era un año mayor que ella.
- ¿Qué te pasa? – preguntó su prima al verla tan disgustada.
Celia le contó que se había perdido la fiesta de carnaval del colegio, que iban a ir todos sus amigos, que hasta tenían disfraz y que ella… ¡con lo que le gustaba disfrazarse!
Teresa se acercó a ella y cubriéndose la boca con la mano para que nadie la escuchara le susurro:
- Después de comer, cuando duerman la siesta, vamos al desván. ¡Verás como se te olvida lo del cole!
- Pero…
- Ssssh…¡no deben enterarse!
Claro que los mayores no debían enterarse: los niños tenían prohibido subir al desván. Decían que las escaleras eran peligrosas porque estaban muy viejas. Decían que nada se le había perdido ahí a los niños, que solo había polvo, arañas, cucarachas…
Por eso a Celia nunca se le había ocurrido contradecir aquella norma: ¿cucarachas?, ¡no, gracias! Sin embargo aquel fin de semana estaba siendo tan aburrido que una pequeña aventura no le vendría mal.
El desván estaba oscuro y olía a polvo. Teresa abrió una de las ventanas y el sol iluminó la habitación. Estaba llena de trastos, de cajas de cartón, antiguas camas, sillas con patas rotas, maletas de piel gastada.
Y un enorme baúl.
Era un baúl precioso de madera oscura. Tenían remates dorados en las esquinas y una inscripción con las iniciales de la abuela. Teresa y Celia lo abrieron con curiosidad y no pudieron reprimir una carcajada de felicidad cuando vieron lo que había dentro.
- ¿Pero de quién es esta ropa?
- Es de nuestras madres, de cuando eran jóvenes.
- ¿En serio? ¡Pero es feísimo!
- ¡Qué dices! Mira que bien me sienta…
Teresa se había puesto una estrafalaria chaqueta rosa chicle y unas enormes gafas de sol y se paseaba coqueta por el desván.
- ¡Es horrorosa! ¿De verdad se ponían esto?
- Claro. Era la moda. Todo el mundo iba así. Venga, anímate. ¡Ponte algo!
Celia escogió un vestido rojo con volantes. Luego lo cambió por una falda amarilla y una chaqueta negra. Y por un vestido de lana. Y por una camisa de cuadros. Y por unos pantalones anchos. Y por una gabardina gris. Aquel baúl no tenía fin.
Teresa y Celia estaban tan entretenidas probándose ropa, disfrazándose de ejecutivas exitosas, o de escritoras bohemias, o de estrellas de cine, que ni siquiera se dieron cuenta de que sus madres habían subido al desván.
Cuando las niñas las vieron se asustaron pensando que iban a regañarlas. Pero nada de eso ocurrió. Ambas se acercaron al baúl y empezaron a sacar ropa, a probársela, a mirarse en el viejo espejo de la pared.
- No me puedo creer que este vestido siga aquí – exclamó sorprendida la madre de Teresa.
- ¡Esta era mi chaqueta favorita!
- ¡Pero si era mía!
- ¿Qué dices? Esta me la compré yo cuando me fui de viaje a…
Teresa y Celia miraron a sus madres divertidas. Parecía como si ellas también se hubieran vuelto niñas de repente. Fue así como las cuatro pasaron la tarde probándose ropa antigua, contando historias de cuando eran jóvenes, haciéndose fotos…
Tal vez la fiesta del cole había sido buena. Pero Celia supo, mirando a su madre y a su tía riéndose como niñas, que aquella fiesta improvisada de carnaval no la cambiaría por nada del mundo.
http://www.cuentoalavista.com/
viernes, 10 de febrero de 2012
Un regalo para los lectores
Después de las vacaciones de Navidad, nuestros Pitufos parecían haber perdido un poco las ganas de leer y de visitar nuestra Biblioteca, sin embargo, desde la semana pasada han empezado a recobrar las ganas de conocer historias nuevas.
Para todos ellos y para vosotros, los Papás, que sois quienes los animáis con vuestro propio ejemplo a acercarse a la lectura, va dedicado este corto tan bonito.
Que no paren las visitas a la Biblioteca de nuestra amiga Gafisabia.
¡Besitos voladores! (¡como lo libros del corto!)
Para todos ellos y para vosotros, los Papás, que sois quienes los animáis con vuestro propio ejemplo a acercarse a la lectura, va dedicado este corto tan bonito.
Que no paren las visitas a la Biblioteca de nuestra amiga Gafisabia.
¡Besitos voladores! (¡como lo libros del corto!)
sábado, 4 de febrero de 2012
Ni que sí, ni que no
Un bonito cuento para el fin de semana que he encontrado en esta página tan interesante llamada Cuento a la vista
Ni que sí, ni que no
El abuelo Genaro solía contar unos cuentos maravillosos. Nadia esperaba siempre con impaciencia el momento en que tocaba irse a la cama. Era entonces cuando el abuelo, ajustándose sus gafitas redondas, comenzaba a hablar con su voz grave.
A veces cogía los libros de la estantería y simplemente leía imitando voces, poniendo caras y haciendo ruidos. Pero la mayoría de las noches, el abuelo Genaro se inventaba sus propios cuentos.
Él decía que no, que eran historias reales que había vivido durante su época de marino. Pero Nadia no sabía si creerle. ¿Cómo aquel hombrecillo bajito y flaco podía haber vivido todas aquellas aventuras peligrosísimas en alta mar? Nadia no podía imaginar al abuelo Genaro, tan tranquilo y sonriente, enfrentándose a una tripulación rebelde, gritando con genio y atacando sin piedad los barcos de piratas malvadísimos.
- Abuelo, reconócelo, ¡es imposible! Te lo estás inventando.
Pero el abuelo Genaro no decía ni que sí, ni que no. Siempre respondía lo mismo:
- Todo es posible si creemos en ello. Depende de ti…
Y Nadia se quedaba siempre con la duda, pensando que a lo mejor el abuelo le estaba diciendo la verdad y ella era la nieta de uno de los marinos más valientes de todos los mares.
Pero una noche, el abuelo Genaro no estaba junto a su cama dispuesto a contarle un cuento. Se había puesto enfermo y habían tenido que llevarlo al hospital.
- ¿Te pondrás bien, abuelo? No puedo dormir sin tus cuentos.
- Claro que sí, Nadia, los viejos marinos somos duros de pelar. Yo he luchado contra ballenas carnívoras, contra terribles tempestades y malvados piratas. ¿De verdad crees que una enfermedad va a ser un problema para mí?
Pero en aquella cama de hospital, el abuelo Genaro parecía más pequeño y flacucho que nunca. Hasta su voz, tan grave y profunda, había pasado a ser tan solo un susurro.
Una semana después, el abuelo seguía en el hospital. Así que una noche, Nadia tomó una decisión. Si el abuelo no podía ir a contarle cuentos, sería ella la que le contaría cuentos a él.
Cuando le dijo a Mamá que se marchaba al hospital a contarle un cuento de buenas noches al abuelo, a Mamá casi le da un ataque de risa…
- Pero ¡cómo vamos a ir al hospital a estas horas! No nos van a dejar entrar…
Pero tanto insistió Nadia, que Mamá tuvo que hacerle una promesa. Al día siguiente, en cuanto saliera del colegio, irían a verle. Así Nadia podría contarle todos los cuentos que quisiera, aunque no fueran cuentos de buenas noches.
Al abuelo le encantó la idea, aunque al principio Nadia no sabía muy bien que contarle. Pero pronto, Nadia descubrió que había muchas cosas que podían convertirse en un cuento: el misterioso maletín que traía siempre el profesor de inglés, la colección de canicas que tenía Miguel, la capacidad que tenía la maestra de resolver siempre todas las preguntas…
- Nadia, reconócelo, ¡es imposible! Te lo estás inventando. ¿Cómo va a ser tu maestra un hada madrina si no tiene varita? – exclamaba divertido el abuelo Genaro.
Pero Nadia no decía ni que sí, ni que no. Siempre respondía lo mismo:
- Todo es posible si creemos en ello. Depende de ti…
Y tanto creyeron Nadia y el abuelo Genaro en el poder de la mente y de la imaginación, que un día, por fin, salió del hospital. Todo volvió a la normalidad. El abuelo recuperó su voz grave de marino y Nadia nunca más dudó de sus historias.
Todas eran posibles porque Nadia creía en ellas…
¡Feliz fin de semana!
Ni que sí, ni que no
El abuelo Genaro solía contar unos cuentos maravillosos. Nadia esperaba siempre con impaciencia el momento en que tocaba irse a la cama. Era entonces cuando el abuelo, ajustándose sus gafitas redondas, comenzaba a hablar con su voz grave.
A veces cogía los libros de la estantería y simplemente leía imitando voces, poniendo caras y haciendo ruidos. Pero la mayoría de las noches, el abuelo Genaro se inventaba sus propios cuentos.
Él decía que no, que eran historias reales que había vivido durante su época de marino. Pero Nadia no sabía si creerle. ¿Cómo aquel hombrecillo bajito y flaco podía haber vivido todas aquellas aventuras peligrosísimas en alta mar? Nadia no podía imaginar al abuelo Genaro, tan tranquilo y sonriente, enfrentándose a una tripulación rebelde, gritando con genio y atacando sin piedad los barcos de piratas malvadísimos.
- Abuelo, reconócelo, ¡es imposible! Te lo estás inventando.
Pero el abuelo Genaro no decía ni que sí, ni que no. Siempre respondía lo mismo:
- Todo es posible si creemos en ello. Depende de ti…
Y Nadia se quedaba siempre con la duda, pensando que a lo mejor el abuelo le estaba diciendo la verdad y ella era la nieta de uno de los marinos más valientes de todos los mares.
Pero una noche, el abuelo Genaro no estaba junto a su cama dispuesto a contarle un cuento. Se había puesto enfermo y habían tenido que llevarlo al hospital.
- ¿Te pondrás bien, abuelo? No puedo dormir sin tus cuentos.
- Claro que sí, Nadia, los viejos marinos somos duros de pelar. Yo he luchado contra ballenas carnívoras, contra terribles tempestades y malvados piratas. ¿De verdad crees que una enfermedad va a ser un problema para mí?
Pero en aquella cama de hospital, el abuelo Genaro parecía más pequeño y flacucho que nunca. Hasta su voz, tan grave y profunda, había pasado a ser tan solo un susurro.
Una semana después, el abuelo seguía en el hospital. Así que una noche, Nadia tomó una decisión. Si el abuelo no podía ir a contarle cuentos, sería ella la que le contaría cuentos a él.
Cuando le dijo a Mamá que se marchaba al hospital a contarle un cuento de buenas noches al abuelo, a Mamá casi le da un ataque de risa…
- Pero ¡cómo vamos a ir al hospital a estas horas! No nos van a dejar entrar…
Pero tanto insistió Nadia, que Mamá tuvo que hacerle una promesa. Al día siguiente, en cuanto saliera del colegio, irían a verle. Así Nadia podría contarle todos los cuentos que quisiera, aunque no fueran cuentos de buenas noches.
Al abuelo le encantó la idea, aunque al principio Nadia no sabía muy bien que contarle. Pero pronto, Nadia descubrió que había muchas cosas que podían convertirse en un cuento: el misterioso maletín que traía siempre el profesor de inglés, la colección de canicas que tenía Miguel, la capacidad que tenía la maestra de resolver siempre todas las preguntas…
- Nadia, reconócelo, ¡es imposible! Te lo estás inventando. ¿Cómo va a ser tu maestra un hada madrina si no tiene varita? – exclamaba divertido el abuelo Genaro.
Pero Nadia no decía ni que sí, ni que no. Siempre respondía lo mismo:
- Todo es posible si creemos en ello. Depende de ti…
Y tanto creyeron Nadia y el abuelo Genaro en el poder de la mente y de la imaginación, que un día, por fin, salió del hospital. Todo volvió a la normalidad. El abuelo recuperó su voz grave de marino y Nadia nunca más dudó de sus historias.
Todas eran posibles porque Nadia creía en ellas…
¡Feliz fin de semana!
martes, 17 de enero de 2012
Espejito, Espejito Mágico...
Esta mañana hemos tenido la suerte de ser invitados a la Biblioteca del cole, donde Rosa nos ha contado un cuento... Os vamos a dar unas pistas, a ver si adivináis de cuál se trata.
A través de un conjuro de magia hemos ido consiguiendo estas pistas
¡Si! Era el cuento de Blancanieves y los 7 Enanitos.
Nos lo hemos pasado muy bien y además, hemos preparado unas manzanas venenosas.
Esperamos impacientes la próxima cita en la Biblioteca.
¡Besitos voladores!
A través de un conjuro de magia hemos ido consiguiendo estas pistas
¡Si! Era el cuento de Blancanieves y los 7 Enanitos.
Nos lo hemos pasado muy bien y además, hemos preparado unas manzanas venenosas.
Esperamos impacientes la próxima cita en la Biblioteca.
¡Besitos voladores!
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